Cristina Pescali
Eduación Primaria 

«Lo primero que influye es la personalidad del educador, lo segundo, su manera de obrar, sólo en tercer lugar, lo que dice»
Rudolf Steiner

¿Desde dónde enseñamos?

Mirarme en el espejo y preguntarme: ¿estás preparada? ¿Estás preparada para ofrecer un modelo? ¿Para salir a escena y que los niños puedan ver en su maestra a un adulto sano, verdadero y coherente?

Esta pregunta me acompaña con frecuencia porque, como educadores, tenemos una gran responsabilidad. No solo transmitimos conocimientos; también transmitimos una manera de estar en el mundo. Los niños aprenden de nuestras palabras y nuestros actos, pero aprenden aún más de nuestra actitud, de nuestros gestos y de aquello que somos cuando creemos que nadie nos observa. Familias y maestros compartimos una misma tarea: transmitir el bien. Pero ¿qué entendemos por bien? Para mí, el bien es aquello que alimenta el alma humana, aquello que la fortalece y le permite crecer de manera sana y equilibrada.

El alma de la maestra

Con frecuencia se habla de contenidos, objetivos y competencias. Todo ello es importante. Sin embargo, creo que cada vez es más importante resaltar el hecho de que la verdadera cuestión no es únicamente qué enseñamos, sino desde dónde lo enseñamos. Desde una visión consciente de la educación, el mundo llega al niño filtrado por el alma del adulto. Por eso resulta imprescindible preguntarnos: ¿Cómo me encuentro interiormente? ¿Cómo gestiono mis dificultades? ¿Dónde encuentro la alegría cuando la tristeza me visita? Los niños perciben mucho más de lo que imaginamos. Son observadores atentos y sensibles. Detectan nuestras prisas, nuestras preocupaciones, nuestras incoherencias, pero también nuestra autenticidad, nuestra calma y nuestro entusiasmo.

Aprender a través del encuentro

Una de las mayores alegrías de mi trabajo es contemplar cómo nacen las preguntas en el aula. Preguntas que generan diálogo, escucha, reflexión y descubrimiento. A través de ellas puedo observar cómo siente cada niño, cómo construye su razonamiento y cómo aporta algo único desde su propia individualidad y temperamento. En esos momentos comprendo que educar no consiste únicamente en transmitir respuestas, sino en crear las condiciones para que surjan preguntas verdaderas.

El arte de enseñar

Con el tiempo he descubierto que el verdadero entusiasmo nace de la propia vida del grupo de alumnos. Cuando entro plenamente en el acto educativo, mis preocupaciones personales quedan en un segundo plano. La atención se dirige hacia lo esencial: acompañar el desarrollo integral de los niños. Por eso considero que el arte de enseñar comienza mucho antes de entrar en el aula. Comienza en el trabajo interior del educador, en su disposición anímica y en la calidad de su presencia.

Quizá la pregunta más importante no sea qué vamos a enseñar mañana, sino quién seremos mañana cuando los alumnos nos miren.

Porque, al fin y al cabo, educamos tanto con lo que hacemos como con lo que somos.

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