LA FIESTA DEL OTOÑO 2019

La Fiesta de Otoño es una celebración que nos conecta con la época actual y nos hace más conscientes del cambio progresivo del ritmo estacional. Los días son más cortos, la noche se alarga, la luz y el calor del verano van desapareciendo lentamente y tenemos que buscarlos en nuestro interior. Los faroles que confeccionamos durante estos días en la escuela simbolizan la luz interior que nos guía, que nos ilumina el camino y que da calidez a nuestros corazones, invitándonos al recogimiento, al silencio, a la introspección.

2019-11-11T09:41:22+00:00 noviembre 11th, 2019|

DÍA DE PUERTAS ABIERTAS

El sábado 30 de noviembre celebramos el Día de puertas abiertas en la Fundació Sa Llavor de 11 a 15’30h. Será una jornada para compartir en familia y para abrir las puertas de nuestro hogar a toda la comunidad. Habrá talleres para todas las edades, cuentacuentos, mercadillo artesanal, venta de libros y de material pedagógico, exposiciones de los trabajos de los alumnos, comida vegetariana y ecológica, música, visitas guiadas a todos los espacios de la escuela para familias interesadas y muchas más sorpresas.

Horario de las actividades:
11’00h Apertura de puertas
11’15h Apertura musical
11’30h Visita guiada / Talleres familiares
13’15h Cuentacuentos
13’30h Servicio de restaurante ecológico y vegetariano
15’15h Cierre musical
15’30h Cierre

2019-11-13T14:23:18+00:00 noviembre 11th, 2019|

BIBLIOTECA: LA LIBERTAD II

Os presentamos una selección de los textos que inspiran el equipo de Sa Llavor y comparten a las reuniones semanales como parte de su camino pedagógico.

Cuento extraído del libro “La brújula espiritual” de Satish Kumar.
Había un pescador tumbado en la playa, dormitando al sol. Ya había concluido la pesca del día y, tras almorzar, llegó la hora de echarse a descansar.
Un comerciante le vio tumbado lánguidamente y le preguntó: “¿Cómo es que hoy no trabajas?”.
“Ya he concluido mi trabajo. Esta mañana salí con mi pequeño barco, pesqué algunos peces, vendí algunos y cociné otros y me los comí; ahora es momento de descansar, la hora de la siesta”, repuso el pescador.
“Pero aún podrías pescar algunos peces más, ¿no?, preguntó el comerciante.
“¿Y por qué iba a hacerlo?”, preguntó el pescador sorprendido.
“Así ganarías más dinero y podrías comprar un barco mayor con motor, que pudiera cargar redes más grandes y capturar más peces”, contestó el comerciante.
“¿Para qué?”, preguntó el pescador.
“Bueno, así podrías tener una flota de barcos, crear una empresa, y cuando tenga éxito, venderla y ganar muchísimo dinero”, dijo el comerciante.
“Y entonces, ¿qué?”, preguntó el pescador, sin entender nada.
“Entonces podrías jubilarte y estar todo el día tumbado en la playa, sin preocupaciones”, insistió el comerciante.
“¡Pero si es precisamente lo que estoy haciendo ahora! El futuro no me preocupa. Soy feliz, muy feliz, lo que tengo me satisface. Me siento afortunado con el mar, con la luz del sol y con mucho tiempo para disfrutar de la vida. ¿Por qué tendría que esforzarme tanto?”
El comerciante, que al principio no supo qué decir, pronto se alejó sonriente.

Fragmento del libro “Verdolatría. La naturaleza nos enseña a ser humanos” de Santiago Beruete.
“Aún debemos aprender el arte de vivir en un mundo sobresaturado de información. Y también debemos aprender el aún más difícil arte de preparar a las próximas generaciones para vivir en semejante mundo”. Zygmunt Bauman.

La pedagogía es una rama de la jardinería, por lo mismo que educar es otra acepción de la palabra cultivar. Todos somos plantas y jardineros. Nos cultivamos los unos a los otros. El verdadero significado de enseñar es “sembrar los espíritus”, como afirma Platón por boca de Sócrates en el diálogo Fedro. Las palabras del maestro son semillas, pero solo germinarán si caen en un suelo fértil. Esto mismo plantea la crucial cuestión de cómo preparar el terreno. La jardinería y la educación son profesiones humildes. Los que siembran la tierra y los que cultivan el espíritu tienen algo en común: el sudor de su frente no dará frutos hasta pasado un tiempo. Enseñar se parece a plantar: nunca estás seguro de si fructificará el esfuerzo, si brotará la simiente que esparces, pero esa emoción pone en juego lo mejor del ser humano: esperanza, confianza, paciencia, perseverancia, tenacidad y, por supuesto, humildad. Nada que merezca la pena se consigue en la vida sin esas cualidades.
Ni que decir tiene que la mejor manera, por no decir la única, de defender unos ideales es practicarlos. Nadie puede ayudar a otro a ser autónomo, a pensar por sí mismo o a mostrar empatía si carece de esas cualidades. Nadie puede enseñar a leer, pensar o escribir creativamente si él mismo no lo hace en su vida privada, por propia iniciativa, por puro y simple placer. Y tener más edad, títulos o rango no facilita la tarea docente cuando se carece de credibilidad. Ser fiable es el principal mérito de un educador. De ahí nace la autoridad moral y el magnetismo personal, de la coherencia entre hechos y palabras, entre lo que se predica y lo que se hace. Sin honestidad un enseñante carece de legitimidad. Un alumno está más dispuesto a disculpar las equivocaciones, las salidas de tono e, incluso, el sarcasmo que la falta de autenticidad. En pocas etapas de la vida se es más susceptible a la hipocresía que en los años escolares. Si bien se piensa, parece lógico que alguien implicado en cuerpo y alma en forjarse una identidad no tolere a los farsantes y sienta un hondo rechazo por quien se traiciona a sí mismo, no es fiel a sus ideas y se muestra incoherente. Tal vez sea esta la principal dificultad a la que se enfrentan los llamados a ejercer esta profesión endemoniadamente hermosa. Si bien pocas personas lo creen hoy, el oficio de educar ha contado siempre con fervientes y entusiastas seguidores.

2019-11-11T09:36:33+00:00 noviembre 11th, 2019|